Banner CORAASAN

Vivir como un expresidente

Foto Rafael Peralta RomeroVoces y ecos

Por Rafael Peralta Romero

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Cuando de privilegio se trata, hay que hablar de los expresidentes de la República. ¿Usted ha visto seres más venturosos? Un expresidente tiene su vida resuelta, el Gobierno le paga una pensión por los servicios -buenos o malos- que prestó alguna vez como jefe de Estado. Nada tiene que hacer, de nada tiene que preocuparse.

Como le sobra tiempo, podemos suponer que el día se le torna largo y tedioso. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? A un expresidente no le encargan recoger los nietos en el colegio ni llevarlos a una práctica deportiva o artística. Pero, por ellos no es preciso lamentarse, lo tienen todo seguro, incluso compañía.

Lo cierto es que el cansancio de no hacer nada provoca que el expresidente se anime a intervenir en la política. Quizá no sepa hacer otra cosa. Entonces, interrumpe su descansada vida y penetra en el mundanal ruido y así se incorpora a ejecutar instrumentos ruidosos. Y sus colaboradores encuentran que eso es bueno.

El expresidente quiere entonces dirigir de nuevo el Estado. Como nada tiene que hacer, le resulta fácil, cada mañana, inventar soluciones a viejos problemas públicos, incluso problemas existentes durante su gestión al frente del Poder Ejecutivo. Quizá aquella vez no los vio, pero como ahora tiene experiencia y mucho tiempo...Ya usted sabe.

Para un expresidente todo es más fácil, no solo por los fondos y facilidades que recibe, sino porque puede ofrecer lo que se le ocurra sin compromiso de hacer nada. En adición, la gente le guarda algún respeto y en actos públicos es de rigor acomodarlo en sitio preferencial. Él siente que lo merece.

En el ámbito diplomático se le suele comparar con un jarrón chino. Este atractivo objeto, por lo común, lleva bella decoración, y como es de porcelana resulta frágil y muchas veces se dificulta dónde colocarlo. Ocurre con el expresidente que el protocolo oficial no siempre sabe dónde sentarlo.

Hipólito Mejía, precisamente un expresidente, con más vocación para la filosofía popular que para la diplomacia, compara al expresidente con un toro castrado -él dice otra palabra sinónima. Observa que el macho vacuno castrado, aunque mire a una hembra en celo, nada puede hacer.

De todos modos, el expresidente tiene mayor suerte que un toro impedido de su poder viril. Es un ser privilegiado en un país donde tanta gente carece de empleo y seguridad social. El expresidente es asalariado perpetuo, pero no empleado. Para él no hay mal tiempo, vivir como un expresidente es una gran tentación...

El otro gran privilegio es que para llegar a esa posición hay un prerrequisito insoslayable y muy difícil de superar. Ciertamente, cualquiera aceptaría ser un expresidente, pero ese requisito desanima a los sensatos. Los sensatos solemos ser tímidos, prudentes, moderados y ponemos límites a nuestras aspiraciones.

Para hacerle más llevadera su existencia y alimentar su ego, la coreografía del expresidente lo llama "presidente". Y él ve que eso es bueno. Así le surgen muchas soluciones para los problemas nacionales y rompe la quietud de su vida descansada para anunciarlas. Nada hay más dulce y reconfortante que ser un expresidente.